Miles y miles de kilómetros a la deriva, abandonados a merced de viento y olas, hasta que el caprichoso mar decidió llevarlos a tierra firme.
En sus ojos el brillo de la esperanza perdida, en su boca seca y agrietada una incipiente sonrisa, en su cabeza una imagen; la de su familia enferma diciéndole adiós, quizá para siempre.
Maab gira la cabeza beodo de alegría, para compartir con sus compañeros el momento, pero es imposible, porque la mayoría están muertos y el resto demasiado enfermos para intentarlo.
Les prometieron una utopía que pagaron con el sudor de muchos días, con la impotencia de quien no puede hacer nada por salvar a su familia de una muerte segura, con el estoicismo de subir en aquel cayuco viejo con otros treinta y nueve como tú, con tres mantas y una bolsa de fruta, con la incertidumbre del que no sabe si vivirá para contarlo.
Ahora, mientras unos voluntarios lo ayudan a bajar y una cámara execra la poca dignidad que le queda; sabe que vivirá. Lo que no sabe es que al otro lado del televisor sentado en su sofá está un ser abyecto que no para de vituperar su hazaña. No se conocen, a pesar de que los unen varias similitudes: un hogar, una familia y el miedo. Sí, Maab tiene pánico a no poder ayudar a sus hijos y esposa, el otro; tiene miedo a que un analfabeto sin más estudios que el día a día le quite su trabajo e invada su país. Y se despacha a gusto todos los días delante del televisor; si hace frío pone la calefacción, si por el contrario hace calor conecta el aire acondicionado; temperatura ambiente que poco tiene que ver con la hipotermia que padece el invasor en cuestión, pero que no es suficiente para frenar su lengua viperina.
Hoy, en su cama con su mujer, duerme tranquilo, absuelto de culpa, sabe que mañana le espera otro maravilloso día. Maab también duerme; apiñado entre otros, con esperanzas renovadas, pero desconoce el mañana.
Al otro lado del atlántico un demagogo les vendió por un puñado de sucio dinero, un billete al país de las maravillas, en el que habitan personajes más crueles que los creados por Lewis Carroll y creedme; en este preciso instante, él también duerme.
En sus ojos el brillo de la esperanza perdida, en su boca seca y agrietada una incipiente sonrisa, en su cabeza una imagen; la de su familia enferma diciéndole adiós, quizá para siempre.
Maab gira la cabeza beodo de alegría, para compartir con sus compañeros el momento, pero es imposible, porque la mayoría están muertos y el resto demasiado enfermos para intentarlo.
Les prometieron una utopía que pagaron con el sudor de muchos días, con la impotencia de quien no puede hacer nada por salvar a su familia de una muerte segura, con el estoicismo de subir en aquel cayuco viejo con otros treinta y nueve como tú, con tres mantas y una bolsa de fruta, con la incertidumbre del que no sabe si vivirá para contarlo.
Ahora, mientras unos voluntarios lo ayudan a bajar y una cámara execra la poca dignidad que le queda; sabe que vivirá. Lo que no sabe es que al otro lado del televisor sentado en su sofá está un ser abyecto que no para de vituperar su hazaña. No se conocen, a pesar de que los unen varias similitudes: un hogar, una familia y el miedo. Sí, Maab tiene pánico a no poder ayudar a sus hijos y esposa, el otro; tiene miedo a que un analfabeto sin más estudios que el día a día le quite su trabajo e invada su país. Y se despacha a gusto todos los días delante del televisor; si hace frío pone la calefacción, si por el contrario hace calor conecta el aire acondicionado; temperatura ambiente que poco tiene que ver con la hipotermia que padece el invasor en cuestión, pero que no es suficiente para frenar su lengua viperina.
Hoy, en su cama con su mujer, duerme tranquilo, absuelto de culpa, sabe que mañana le espera otro maravilloso día. Maab también duerme; apiñado entre otros, con esperanzas renovadas, pero desconoce el mañana.
Al otro lado del atlántico un demagogo les vendió por un puñado de sucio dinero, un billete al país de las maravillas, en el que habitan personajes más crueles que los creados por Lewis Carroll y creedme; en este preciso instante, él también duerme.


